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Octubre 01, 2004

La mala salud de la cultura

O este muerto está muy vivo.

Buscando una página de un compositor africano en la que reclamaba su derecho a considerar a Brahms, Bach, y el resto de estos alegres muchachos como parte de su herencia, y no sólo las tradiciones africanas, he encontrado esta página. En ella el autor hace unas cuantas reflexiones sobre el futuro de la educación musical que, en su conjunto, encuentro acertadas.

Me molesta en cambio que parta de la premisa de que las Bellas Artes están moribundas. Como es una frase que oigo con frecuencia, quisiera dedicarle este artículo. Nada personal contra su autor con el que como ya os digo comparto muchas conclusiones. De lo que discrepo es de su razonamiento.

Su primer argumento es que las compañías discográficas ganan menos. Emplear un indicador económico como síntoma del estado de la cultura es absurdo. Es como, por ejemplo, interesarse por las opiniones sobre mecánica cuántica de cualquier futbolista inglés, pensando que si tanto cobra, su opinión es relevante.

Así veo yo el estado actual del mercado discográfico.

  1. Cuando Messiaen murió, en las tiendas especializadas de Madrid encontrabas el Cuarteto y, si te habías portado realmente bien ese año, Turangalila. Hoy, se encuentran fácilmente entre cuarenta y cincuenta Cds del autor.

  2. En aquellos mismos años encontrar una grabación de mi éponimo C. P. E. Bach era ocasión de gloria y maravilla. En estos momentos, se está editando su obra completa.

  3. Compositores casi desconocidos como Weiss, Byrd, Froberger, Kuhnau o tantos otros, se encuentran sin dificultad.

A mí me parece que eso indica una mayor diversificación de la oferta, y una salud creciente de la música. Que la estrategia de grabar miles de versiones de la novena de Beethoven (o de un repertorio en todo caso muy restringido) y venderlas todas no iba a durar podría predecirlo cualquiera.

No olvidemos Internet. No hace tanto que me costaba mucho pedir a los alumnos que tuvisien grabación del Clave bien temperado. Eran caras y sus padres no siempre podían. Hoy por hoy, les digo que bajen archivos MIDI legales de la misma obra. De acuerdo que no es lo mismo, pero su acceso a música se ha multiplicado por un factor muy alto. Y las posibilidades de los archivos MIDI de variar sus tempos, o convertirlos en partituras, son pedagógicamente interesantes. De nuevo el acceso a música ha aumentado. Y mucho. En cualquier servidor de archivos MIDI podemos encontrar obras que están fuera de catálogo o que jamás se grabaron. Y en cantidades como para llenar varias vidas. Que de esto las compañías discográficas no saquen beneficios no significa que no sea saludable.

Sobre el resto de las artes, aunque las declara también enfermuchas, no aporta razonamiento alguno. Hagámoslo por él: partamos de la premisa básica de que estáis leyendo esto. Pues eso quiere decir que leéis, y seguro que no os limitáis a leerme a mí. No es que yo sea muy artístico en mi escritura, pero el ensayo es un género no tan típico. Pasando a la escritura creativa, hoy por hoy hay escritores que, poniendo en público sus libros no sólo ganan premios sino que viven razonablemente. Y cosas como el proyecto Gutemberg nos proporcionan a todos una biblioteca de más de 12.000 volúmenes. Claro, lo malo es que es gratuito, de manera que como indicador económico no cuenta.

¿Cuándo es la última vez que habéis ido a una pinacoteca? ¿Tanto tiempo? ¿Y cuándo es la última vez que habéis visto un cuadro famoso en Internet? ¿Cuando robaron El grito? ¿Habéis visto más, después? Pero es gratis, así que tampoco cuenta.

Muchos pensamos que hay que empezar a prepararse para una cultura de la abundancia (de información, por ahora). Los indicadores económicos sólo pueden tener sentido en una cultura de la escasez.

Pero incluso si no fuera así. ¿Cuántos cuadros vendió Van Gogh? ¿No murió Bartók, como tantos otros, en la miseria? ¿Cómo aplicamos la economía a valorar su aportación al arte?

Más podría decir de considerar los beneficios, o la cantidad de consumidores —que es argumento habitual, también— como criterio de qué le pasa a la cultura. Pero lo dejamos para otra ocasión, y pasamos a analizar el resto de los argumentos del artículo que estamos comentando.

Básicamente se centran en que ahora la gente tiene acceso a música de otras culturas, música antigua, pop, jazz… Terrible tragedia, convendréis conmigo. Incluso llega a usar ejemplos de música contemporánea que no descienden únicamente de la sacrosanta tradición germánica como muestras de la mala salud de la música clásica —está bien eso de definir tácitamente la música esa que llamamos culta como la que no se hace ahora—. Del resto de las artes no dice nada en este sentido.

Aquí, el fallo radica en considerar como productos inferiores, o de otra clase, a lo que venga de otras culturas, en lugar de pensar que ahora podemos tener una tradición más rica y más variada, si nos consideramos tan herederos de, por ejemplo Issa, Su Dongpo u Omar Khayham como de Cervantes y Shakespeare. Tan descendientes de la música de corte persa o el sistema de talas hindú, como del contrapunto francoflamenco y el clasicismo vienés. Eso no es mala salud de las bellas artes sino justo lo contrario. Tenemos una cultura enriquecida.

Las conclusiones del autor —Henry Doktorski— son más defendibles. Apuntan a que hay que tener en cuenta estas novedades y prepararse para que formen parte de la enseñanza. De acuerdo, por completo. Y que formen parte de la vida y del disfrute, añado. Pero si eso representa que las artes disfrutan de mala salud, para mí quisiera esa enfermedad.

Termino disculpándome con el autor, que, a fin de cuentas, parece bienintencionado, aunque parte de ideas manidas. Cualquier aspereza que se haya captado en este artículo, que sea dedicada a los que quieren mantener la cultura detrás de vitrinas. Que los hay.

Los proyectos próximos, que no se por qué orden irán apareciendo son:

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