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Quaerendo invenietis

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Enero 23, 2008

A petición popular

Ante varias peticiones, cedo y publico el mensaje que mandé cuando fui forzado a ser poseído por un teléfono móvil. No puedo, desgraciadamente, ceder a las que me piden mi felicitación del 2001, por no conservar copia. Quien la tenga, me la remita, por favor.

Esta es una historia difícil: quizá
tarde en encontrar el tono adecuado.

Clara era la mañana, fresco el viento y animoso estaba mi corazón. Dispuesto a pisotear los enjoyados tronos de los reyes bajo mis sandalias, tomé las armas y partí a encontrar lo que debía ser mi destino. Muchos fueron los peligros: afrontar el peligroso cruce de López de Hoyos, en el que se dice que las almas de hechiceros muertos maldicen al transeunte para aliviar el tedio de su condena eterna; atravesar las escarpadas obras conque el burgomaestre pretende construir un pasadizo hasta el infierno, con intenciones que sólo pueden conjeturarse con un escalofrío; soportar la barahunda de las huestes enloquecidas de los aficionados al fútbol mientras aullan su cólera —se dice que quién escucha sus aullidos mucho tiempo queda afectado por la misma maldición—. Finalmente, llegué al lugar al que a veces llega el que iba a ser mi medio de transporte. Los acólitos del templo aseguraban que quien esperase el tiempo suficiente llegaría a ver la aproximación de un carro rojo sagrado, llamado con el número místico que no debe ser pronunciado: el ocho más uno, el tres veces tres, el seis invertido. Si el viajero logra satisfacer las demandas del conductor del carro, se le permite entrar al mismo.

Ummmm, no, esto parece una mezcla de Robert
Howard y Lord Dunsany. Probemos de otra forma.

Bajo la luna gibosa, reptaba la escamosa silueta del vehículo. Su color, como el de la sangre, parecía infecto. Las ominosas presencias de los otros pasajeros —si es que se les podía dar ese nombre—, el atisbo de manos acabadas quizá en garras, me llenaron de una inquietud blasfema que me hizo recordar las palabras del árabe loco Abdul Alhazared en el espantoso Necronomicón. Pues no esta muerto todo lo que sueña Y al cabo de las eras incluso la muerte puede morir
Los susurros de los seres que me rodeaban sugerían impíos rituales, anteriores quizá a la existencia de la humanidad. El hedor que llenaba el vehículo se introducía ominosamente en mis fosas nasales. Finalmente, llegué a mi destino, se abrieron las puertas y descendí, invocando sobre mí la protección de las Descarnadas Alimañas de la Noche contra las impías huestes de Ctulhu.

Pues no, a la Lovecraft tampoco parece que
funcione. A ver así.

Llegado que fué a su destino Aprestose el caballero Ni por amor ni dinero se escondiese el paladino

En entrando en el palacio
anunciose su presencia
que vino a pedir audiencia
más aprisa que despacio

Así le hablara doncella
"Si al caballero le place
que yo sus deseos trace
despache aquí su querella"

No, me temo que tampoco es un tema épico.
Otra vez.

Mientras clavaba mi mirada en la muñeca que tenía delante, pensé que la ciudad era como una mujer, la mujer de mis sueños y mis pesadillas. La chica quería saber por qué había ido precisamente allí. ¿Había cantado alguno de los muchachos? ¿Había sido traicionada por sus jefes?

"Mira pimpollo" —le dije— "No tengo nada
contra tí. Símplemente quiero mercancía. Y estoy dispuesto a
pagarla"

La muñeca puso ese gesto calculador que siempre significa
que están estimando cuanta pasta pueden sacarte.

¿Ahora a lo Dashiell Hammett?. No no
creo.

Miré lo que me ofrecía. Tenía siempre presente que cada estrategia escondía otra estrategia que escondía otra estrategia. Todo su entrenamiento podía ser insuficiente contra una maestra del engaño de esa categoría. Doblé, de forma inocente, uno de mis dedos. La reacción de la mujer fué de una rapidez eléctrica, que me hizo comprender que me enfrentaba al mayor de los adversarios que había visto hasta ahora.

No, a la Frank Herbert
tampoco

Como en otras situaciones de peligro, recordó las palabras de Gandalf. "Ten presente, Frodo, que enanos, elfos y humanos hablan distintas lenguas. Y que en cada una de ellas, los acentos y entonaciones pueden cambiar los significados. Sé pues claro en tus palabras. Sé sencillo. Pues aún los más pequeños pueden ser elegidos para las mayores gestas, como tu misión como Portador del Anillo"

Confortado por este recuerdo, Frodo se acercó al mostrador y
dijo "Quiero un teléfono móvil, señorita"

Por fin lo he dicho. Sí, éste es el
mensaje del relato. Tras largos años de resistirme, he comprendido
al fin que cuando el átomo primigenio estalló, provocando el Big
Bang del que salimos todos, lo hizo en la secreta esperanza de que
alguien inventase la telefonía móvil. El universo, se contemplaba
a sí mismo con inquietud, ¿tendré el número adecuado de
semiconductores?, ¿evolucionará la vida pronto para que alguien
invente el móvil? Afortunadamente, vivimos en un universo paciente
—además de céntrico y bien comunicado— y el objetivo se ha
cumplido.

Había una cierta nobleza en mi
resistencia. Que todos me señalasen con el dedo me producía una
sensación de distinción. Las burlas, las piedras, los insultos.
Pero al fin he comprendido que no soy distinto a los demás. Más
triste, pero también más sabio me uno a la mayoría, confiando en
la misericordia y comprensión de mis semejantes.

Ah, el número es xxx xx xx xx

Enviado por Carl Philip con fecha: Enero 23, 2008 01:18 AM

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