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Quaerendo invenietis

Enero 29, 2007

Crónicas zamoranas 4

Viaje nuevo, crónica zamorana nueva. Como, según Cuñi, que ha solicitado en forma específica ser nombrada, parece que he estado en los últimos artículos algo severo, veamos si adulciguo un poco el tono.

Cuando vivía en Madrid, disponía, como es de suponer, de mi biblioteca, con sus libros y partituras, mi equipo de música y de algunas comodidades más. Ahora, acrecentadas en lo físico y, sobre todo, en lo personal, se hallan en Zamora, y en la capital dispongo de bastante menos entretenimiento. Todo lo cual resulta una forma excesivamente larga de decir que mis estadías madrileñas me resultan ahora aburridas, y que he acabado por aficionarme a leer varios de los periódicos gratuitos que allí se distribuyen.

A la prensa regional zamorana (La Opinión de Zamora, pues otros diarios abarcan toda la comunidad autónoma), me aficioné hace ya tiempo. Cosa de saber dónde me metía. Y el gusto por los diarios de gran tirada lo perdí hace años.

Acabo de terminar de leer el diario zamorano y observo una analogía con los gratuitos de Madrid. En primer lugar una escritura más rica y variada, causada acaso por la posible ausencia de un libro de estilo -buen momento, por cierto, para decir que la redacción zamorana es muy superior a la que encuentra en prensa general, y, desde luego a la de los mentados diarios gratuitos, que afean a veces su riqueza con torpeza de expresión-.

Pero sobre todo debo decir que la temática deestos diarios me interesa más. Allá donde un periódico de altos vuelos solo trataría un tema local en páginas interiores, y con poco espacio, un diario pequeño lo puede poner como tema de portada. Tomemos como ejemplo los recientes inmensos problemas del metro de Madrid. Pocos no madrileños se habrán enterado de ellos, y son, sin embargo problemas que afectan varias veces al día a millones de usuarios. Quedan sin embargo enmascarados por temas de un presunto interés general que a veces poco pueden interesar a nadie.

Y poco frecuente parece también que la prensa se implique en temas de gran importancia, tales como los recientes conflictos en Alcorcón. ¡Cómo me hubiera gustado ver un llamamiento a la calma, la solidaridad y en contra de la xenofobia, en las portadas de los periódicos! Y no creo que eso perjudicara la imparcialidad y rigor periodísticos, pues, además de que cada diario tiene su línea definida, existen las columnas de opinión y los editoriales, que podrán, supongo, ser maquetados en portada en ocasiones especiales. Ojalá no nos toque ver en su lugar estos disturbios reproducidos en toda España como noticia de interés general.

Servir a todos es, a veces, no servir a nadie. Intentarlo en demasía conduce a hablar sobre todo de sucesos acontecidos hace años, y que por tanto a pocos pesan, o de temas intrascendentes, a los que un barniz de discusión de verdulería traviste en polémicos -sí, hablo de la televisión reciente-.

En cambio, el centrarse sobre temas locales parece síntoma de provincianismo y paletismo. Bien puede verse que, lejos de ello, hasta la capital va necesitando de acercarse a ellos. Y, pienso yo, que con razón. Aunque siempre es deseable que los árboles no impidan ver el bosque, no es menos cierto que alguna atención al árbol individual es lo único que nos evitará un tropezón con él.

Cambiando de tema, el periódico local se felicita de un fracaso escolar del 15%, muy inferior, al parecer, a la media nacional. O sea, que de cada veinte alumnos, tres no terminan. Que, de una clase como aquellas en que me eduqué, siete compañeros quedarían fuera. Me parece atroz hasta que leo la estadística nacional, mucho peor. No es ni con mucho la primera vez que constato que se educa mejor en provincias, pero ese puede ser tema de otra crónica.

Nota al margen, pero importante: la aparente relación entre el título de esta serie y Crónicas marcianas es estrictamente casual. Y, en todo caso, antes homenajearía al hermoso libro de Ray Bradbury que al programa televisivo.

Posted by Carl Philip at 11:43 AM | Comments (0) | TrackBack

Enero 24, 2007

Crónicas zamoranas 3

Una vez más en el autobús, camino de Madrid. Y una vez más entretengo el tedio del viaje comentando como percibe Zamora alguien criado en una ciudad mayor. En este caso, me extenderé sobre lo que dije en el anterior artículo de este serie: muchos habitantes de Zamora la sienten como una condena.

Parece existir una convicción generalizada de que en Zamora todo es viejo, de que nada cambia ni puede cambiar, de que es inútil molestarse. A más de uno me ha tocado convencerle de que existen comercios que no cierran a mediodía ni los domingos. Tales “modernidades”, tan útiles y convenientes -sobre todo para gente que, como yo, está en la ciudad normalmente en días festivos-, parece que resultan impropias de la imagen de la ciudad que tienen sus habitantes, y en consecuencia no son percibidas como parte de lo posible. Hasta tal punto es así que a más de un zamorano me ha tocado convencerle de este hecho en varios fines de semana consecutivos, siempre con pruebas tangibles. El acontecimiento debe haberles parecido demasiado ajeno a lo que se siente como el genio de la ciudad como para ser confiado a la memoria.

En todo caso, el que exista comercio en festivos sólo es relevante para quien, como yo, a veces necesita una escarpia que no es cosa de traer de los madriles. Más preocupante, y algo de lo que puedo, por mi profesión y formación, opinar con mayor justicia, es lo que pasa con la vida cultural. No falta, pero es de un nivel extraño. Uno se puede encontrar la ciudad invadida de carteles anunciando el concierto de un perfecto desconocido, normalmente sin molestarse en indicar siquiera el repertorio. Puede uno ver cosas semiatroces como un concierto de adaptaciones al piano de grandes músicas de cine. O una exposición sobre el cómic en que una sala grande, buena y dotada exhibe seis -sí, sólo seis- páginas de cómics no creados por dibujantes de ese medio.

Sólo en un contexto así me puedo imaginar que llegue a la ciudad alguno de los grandes -el último, Jordi Savall- y no se haga la más mínima publicidad ni promoción. De hecho, me enteré, y por casualidad, una hora antes de que se celebrase el concierto. Con casos así, recitales y actividades interesantísimos quedan huérfanos de atención y público, y se anuncia, no diré que lo mediocre, pero sí lo menos lucido.

En el mismo orden de cosas, me resulta impropio e inadecuado que una ciudad con tanto de que enorgullecerse no lo exhiba. Que la excelente arquitectura románica disponga de horarios tan restringidos para visitarla. Que la Semana Santa zamorana, tan amada por los ciudadanos, no sea más conocida, en gran parte por falta de infraestructura para el visitante. Que dos de las músicas más apreciadas, como el hermoso bolero de Algodre o la marcha de Thalberg sean punto menos que imposibles de encontrar en CD.

Existen cosas buenas y excelentes, que convendría airear y hasta enorgullecerse de ellas. Y buscar la forma de hacerlas conocidas fuera. Humildemente, con el gran tacto que conviene a quien no nació aquí, me atrevo a proponer que la expresión “esto es Zamora”, que tantas veces y a tanta gente he oído como sinónimo de “aquí no hay de eso”, sea abandonada para siempre, por inapropiada, falsa y autodestructiva. O que se emplee para indicar que es una gran urbe con posibilidades muy superiores a las del tercer mundo. Claro, que, para eso, hay que comenzar por creerlo y potenciarlo.

Posted by Carl Philip at 02:14 AM | Comments (1) | TrackBack

Enero 13, 2007

Crónicas zamoranas 2

Este es el primer artículo que escribo en el autobús. No se si será el primero que publique así que vuelva, dentro de unos días, a Zamora, eso sí. El recorrido del vehículo viene resultando por el momento tan exento de sorpresas como siempre, y supongo que el paisaje de las grúas madrileñas, cuando llegue allá, no me va a resultar más atractivo que de costumbre, así que seguramente escriba varios posts en estos días. Alguno, quizá, sobre la extrañeza de escribir en mi ordenador de mano -se hace raro, de verdad-. Alguno sobre la preocupante falta de interés en lo creativo que detecto ultimamente, y no sólo en el terreno musical. Y alguno sobre Crumb, mi inventor de ballenas favorito.

Pero este articulillo pretende ser el segundo de las Crónicas zamoranas. Y en él comentaré, una vez más, algo sobre el comercio en Zamora. Lástima que, en esta ocasión, no es bueno. Y es posible que comente algo sobre el carácter de muchos habitantes de esta ciudad.


Supongo que ser "friqui" en una ciudad pequeña es diferente, más complicado, que serlo en una gran ciudad. Y por misteriosas circunstancias, que no alcanzo del todo a comprender, parece ser que la lectura de cómics se considera en España una actividad de "friquis".

Es el caso que en estas navidades ha salido un tomito con el nombre de "Las nuevas aventuras de Esther". Como la tal Esther era de las lecturas predilectas de M en su infancia, pensaba que el libro en cuestión fuese parte de sus obsequios navideños. Me dirijo pues a la única tienda de cómics de Zamora, donde me encuentro una enorme especialización en manga y rol, y unos cuantos tebeos de la Marvel y la DC que siempre son obligados en tales casos. Sospecho que, siendo quizá lo menos interesante de la tienda, puede ser lo que tenga mejor venta.

El caso es que no parece que mi petición fuese muy apreciada, quizá por salirse del canon de lo que parece atender la tienda en cuestión. Vamos, que en un momento me sentí como un intruso. A punto estuve de alegar mis largas y disfrutadas lecturas de Sandman o mi entusiasmo por Allan Moore, Neil Gaiman o Mike Carey. Pero sospecho que, de la misma forma, hubiera sido mirado como alguien ajeno a la tienda. Tengo demasiados años como para que nadie me confunda con un otaku. El caso es que, tras asegurarme que lo que es pedir el libro no iba a hacerlo, el vendedor me dijo que volviese a la semana, a ver si los del almacen lo traían por voluntad propia, fortuna que no he tenido.

Vista la escasez de mi éxito, recorrí muchas de las librerías "normales" de Zamora. También aquí con sensación de intruso al pedir el volumen en cuestión. Hay miradas y tonos de voz que parecen decir "¿qué hace una persona adulta como tú pidiendo tebeos, y encima de niñas?". Claro que esto puede ser una sensación subjetiva. Pero el hecho objetivo es que en ninguna librería se ofrecieron a pedirme el librito de marras. Mala suerte: demasiado formal para las tiendas especializadas, demasiado extraño para las convencionales. ¡Con el dineral y las horas que invierto cada mes en librerías y sentirme ahora un forastero en ellas!

Me extiendo quizá demasiado en la anécdota sobre este cómic, que conseguiré en este viaje a Madrid así lluevan centellas. Pero me importa más una conclusión que cada vez tengo más clara, y que quien considere que debe hacerlo, me perdone: lo peor de Zamora son, muchas veces, los zamoranos.

La ciudad es hermosa y francamente habitable. Los medios y recursos, muy superiores a lo que parecen creer los habitantes, que muchas veces parecen sentirse en un páramo social y cultural. Salvo el tebeillo en cuestión, poco es lo que me ha faltado en Zamora que hubiese encontrado en Madrid (y para eso se invento Internet). Los servicios públicos son muy eficientes en general. Pero parece existir una convicción generalizada de que todo es viejo, de que nada cambia nunca, de que no hay que hacer cosas nuevas porque es inútil. De que Zamora, en definitiva, es algo así como una condena para los zamoranos, no una ciudad vivible, cambiable, mejorable, disfrutable. Cambiable, porque todo cambia se quiera o no y es preferible cabalgar el cambio que ser arrollado por él.

En una ciudad grande -Madrid, por ejemplo-, el espacio por persona es menor. Quizá por ello la gente se precipite menos a juzgar al de al lado, no sea que del contínuo roce la cosa degenere en pelea. Y quizá porque si en un comercio no te sirven te vas a otro -hay muchos-, siempre se ofrecen a lograrte lo que pidas. Cosa de conservar la clientela de aumentarla.

La contrapartida es que el trato personal se pierde, que se te trata más como un objeto -no se puede tener cercanía con tanta gente a la vez-. En Zamora, ya lo dije en otra ocasión, me he sentido excelentemente tratado en los comercios. La gente que he ido conociendo, dentro o fuera de ellos, saluda siempre con amabilidad y se interesa por uno. Pero hay, muy a menudo, una sensación de ser puesto en tela de juicio, de que tienes que someterte a los valores del de enfrente, o, al menos, a unos valores comunes que no se sabe bien quién determina. Hay veces que un bienintencionado "qué bien habéis hecho" -por M y por mí-, no deja de ser un recordatorio de que en general la cosa no parece tan bien. Y con tanto juicio acabo encontrando que el amor propio, la fe en el propio criterio, la confiaanza en las propias fuerzas, rasgos admirables que me encantan de Zamora y los zamoranos, se convierten a veces en orgullo insensato.

¿Parece mucha conclusión para un asunto tan trivial como un cómic? No lo parezca: el tebeo en cuestión sólo ha sido la excusa para comentar algo que llevo tiempo percibiendo. Y es lástima, porque quizá sea de las cosas que más estancan esta ciudad.

Posted by Carl Philip at 08:58 AM | Comments (2) | TrackBack

Diciembre 27, 2006

Crónicas zamoranas 1

Ante todo, debo comentaros que este artículo es un poco experimental: es el primero que escribo con el ordenador de mano (palmtop o, como parece que se dice ahora, handheld) que Santa Claus, por mano de mi adorada M, ha tenido la generosidad de obsequiarme. Más os hablaré del utilísimo artilugio, pero baste por ahora que os comunique mi esperanza de que a la par que entretiene el tedio de mis excesivos viajes, sirva para que actualice este blog con alguna frecuencia. Muchas son mis horas de autobús y tren.

Esto ha de llevar a que las series musicales sean limitadas más bien a artículos: no viajo, mal que me pese, con mi biblioteca de referencia. Sí, en cambio, empezaré con el presente artículo una serie no musical. Llamémosla, por ejemplo, Crónicas zamoranas.

El caso es que llevo ya algo más de un año residiendo en Zamora, después de una vida entera en Madrid. Nadie espere que entone un canto de alabanza por las idílicas virtudes de una capital de provincia frente al pasmo y marasmo capitalinos. Pero tampoco se asuma que entonaré un peán añorando las luces, la vida cultural, las obras o las grúas. Tales cosas son simplistas y, por lo tanto, falsas, al menos según mi entender. Pero quizá puedo contar casos de una y otra localidades que ilustren que me gusta y disgusta de ambas. A fin de cuenta, en semanas laborables paso tres días en la capital y cuatro en Castilla.

Como saber por donde comenzar algo así es tarea cruenta e ingrata, comenzaré por algo simple: mis experiencias comerciales de hoy.

El caso es que salí con la intención de comprar un protector de pantalla y una funda para el aparatito del que hablé al principio. Bien se que de haberlo hecho en Madrid ya los tendría, tras viajes en autobús equivalentes en tiempo a la distancia de Zamora a Arévalo. Pero mi experiencia de hoy es inusitada en la capital: primero acudí a un vendedor a quien ya he hecho alguna compra. Tras preguntarme amablemente por el estado de mis adquisiciones anteriores, y lamentando no poder servirme en lo que necesitaba, me dirigió, sin habérselo yo pedido, a una tienda de la competencia, cuyas señas me facilitó con lujo de señales. En este nuevo comercio, sin conocerme de nada, el vendedor, tras mostrarle yo mi maquina y él una parecida que poseía, me informó cumplidamente de qué es lo que de verdad necesitaba, añadiendo que se informaría de cómo encontrarlo para mi aparatuelo y que, si lo encontraba de buena calidad, me lo encargaría. A la espera de sus noticias quedo.

Posteriormente tuve que acudir al banco, donde el bancario que me atendió telefoneó a Madrid para pedir y conseguir que le remitieran una chequera a mi nombre, merced que jamás conseguí en la capital.

Por supuesto, la amabilidad hay que agradecérsela a las personas y no a las ciudades. Pero en toda mi vida madrileña jamás tuve tanta suerte seguida, comercialmente hablando. Y por acá, resulta frecuente.

Posted by Carl Philip at 09:10 PM | Comments (0) | TrackBack

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